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- Modos de Ver | Nro 7 | 5 octubre, 2016

El cuerpo en el agua

Por Julia Di Ciocco y Adela Salzmann

El entrenamiento de natación y las aguas abiertas.

El cuerpo es una construcción simbólica de condición cultural en el que conviven diversas representaciones provenientes de experiencias, creencias y saberes compartidos que influyen en la construcción de la subjetividad. La práctica de la natación en aguas abiertas, como toda práctica corporal, está atravesada por una representación del cuerpo. En este caso, como en otros, el modelo de cuerpo máquina que crea la modernidad funciona como matriz determinante, es el cuerpo dócil que describió Foucault; un cuerpo fuerte en términos de trabajo, eficaz y débil políticamente, construido por la microfísica del poder. Pero en la experiencia de nadar existe la posibilidad de agencia en el placer y sobre todo en aguas abiertas, en la conexión con la naturaleza hay una práctica de libertad.

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El espacio en el agua de una pileta se encuentra segmentado por andariveles. En el fondo de la pileta, cada andarivel está marcado una línea negra que va de una punta a la otra, marca el centro y sobre las paredes en cada extremo una figura en forma de “T” también indica el centro y el borde de la pileta.

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En el cuento El nadador, John Cheever describe las sensaciones del personaje al que un domingo de resaca se le ocurre llegar nadando a su casa en un recorrido lineal. Pasa por todas las piletas que se encuentran en el camino de su barrio. Estas son sus percepciones del espacio y sus normas en la pileta pública:

“Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación.»

Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. (…) Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:

—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!” (Cheever, J., 1968)

La disciplina como una anatomía política del detalle trabaja mediante: la distribución de los individuos en el espacio, que se materializa en esta práctica en la división de andariveles, la línea negra que marca el límite de la pileta y la dirección en la que deben nadar, la ubicación del entrenador o profesor por afuera de agua y observando desde arriba los cuerpos; el empleo del tiempo, que se da por su medición con el cronómetro, el reloj en la pared del natatorio, la descomposición del movimiento en partes; la organización de la génesis, a partir de la realización de ejercicios, movimientos repetitivos organizados gradualmente; la composición de fuerzas, la organización de los nadadores por rendimiento y velocidad, el sistema preciso de mando por parte del profesor que con una señal breve y clara genera una reacción inmediata.

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Sin embargo, los testimonios de las experiencias de los nadadores en aguas abiertas nos recuerdan una concepción del cuerpo premoderna en la que el individualismo moderno es reemplazado por la experiencia de comunión con:

el medio circundante: “En varias ocasiones, nadando, he sentido la vibración del agua, el modo en que los átomos forman sus moléculas. Otras veces he sentido el instante en que las gotas de lluvia se deshacen en el mar, y vos ahí, en el medio, nadando. Es la experiencia más fuerte porque de esa misma agua estamos hechos.” (María Inés Mato)


uno mismo: “No hay forma de mantener quieta alguna parte del cuerpo. Lo único que debe mantenerse fría y en calma es la mente, la concentración es fundamental para poder llevar adelante una buena performance. Para empezar, sumergirse en el agua implica superar miedos y exige una buena cuota de confianza, no se puede nadar con la cabeza alterada o disociada del cuerpo.” (Tomás D’Amico)

los otros: “En aguas abiertas se puede nadar solo, acompañado de embarcaciones o de otros nadadores. Cuando se nada con muchos nadadores la sensación es la de formar parte de un flujo, de un cardumen donde los más jóvenes y veloces se ubican a la delantera y como una bandada de pájaros hacen la fuerza contra la resistencia del agua para los demás. Estar acompañada por otros nadadores y embarcaciones también aporta a generar confianza y disfrutar.” (Adela Salzmann)

Si bien el entrenamiento para esta práctica está atravesado por un modelo de cuerpo que encastra en la hegemonía de la modernidad y la sociedad de producción capitalista, la experiencia de nadar en aguas abiertas parece acercarse más a una concepción de la corporalidad propia de la fenomenología de Merleau-Ponty y su ser-en-el-mundo, la cual propone comprender el mundo a través de la corporalidad y no de la razón, y el concepto de carne como conexión sujeto-mundo.

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Además, si bien hay un biotipo ideal para cada técnica en caso que el objetivo sea el máximo rendimiento, el agua permite la adaptación de muchas corporalidades, no ofrece un impacto fuerte como la tierra, permite que personas que no pueden caminar por ejemplo, puedan nadar. En las competencias de aguas abiertas pueden verse niños muy chicos, mujeres embarazadas, personas con extremidades atrofiadas o amputadas, ancianos. Todos a su ritmo completan las distancias propuestas a nadar.

En las sensaciones de los nadadores en aguas abiertas hay una mezcla de concepciones del cuerpo, el mundo, los sentidos y las percepciones. Por un lado se evidencia una noción dualista que separa cuerpo y mente donde el cuerpo se percibe con el mecanismo de un reloj y la mente intenta dominar a ese cuerpo en un medio hostil. Por otro lado se trasluce una noción abierta del cuerpo que se percibe en sintonía con el mundo, como parte del entorno, un cuerpo que se acopla al cosmos desde una sensorialidad activa.

“En la provincia de Santa Cruz está el parque nacional Monte León, es un parque nacional marítimo: un lugar increíble con formaciones rocosas como pirámides y esfinges. En una oportunidad he ido ahí a entrenar en aguas frías. Recuerdo que apenas me lancé a nadar desde un bote, cientos de aves empezaron a volar alrededor mío, y a medida que avanzaba más y más aves se sumaban. Le pedí al bote que se alejara. Quedé sola, en medio del mar con la aves como guía. Comprendí que la vida del mar es también la vida del cielo. (…) Después de las primeras brazadas, cuando está claro a dónde hay que dirigirse y a qué velocidad nadar, cuando el bote que te acompaña eligió qué ruta seguir, el cuerpo se acomoda al agua y empezás a respirar al compás del oleaje. Es ahí que sentís que no hay diferencia entre el mar y vos, como si fueran los dos una pareja de baile en una fiesta” (María Inés Mato)

A lo largo de una jornada de aguas abiertas me topo con momentos de ansiedad, por ejemplo, antes de partir y en el trayecto desde el punto de reunión hasta la largada; y de soledad, durante algunos tramos en los que tenés al resto de los nadadores muy distantes. También hay momentos de frustración, cuando falta poco y estás extenuado, pero quien viene detrás te pasa como una tromba. Otra sensación recurrente es la inseguridad o el miedo a ciertos dolores que pueden hacer que tengas que abandonar la competencia. Pero también hay espacio para el éxtasis cuando empieza el sprint final y descubrís fuerzas que creías no tener. Si bien suele durar poco, hay un grado de satisfacción que aparece cuando el movimiento del cuerpo logra sincronizarse con la corriente y el oleaje, adquiriendo la fluidez de un pez. Este último trae aparejado un estado en el que el cuerpo trabaja distendido y relajado, y la mente registra la ejecución de manera positiva. Este modo es mi verdadero objetivo en las aguas abiertas, hacer constantes estos destellos de dominación del arte de nadar en un espacio desconocido. (…) Entreno para aguas abiertas porque, al menos para mí, es una actividad que trasciende lo meramente deportivo (…) Las aguas abiertas interpelan al cuerpo en todo momento, éste queda librado a una batería de variables que no puede asimilar, comprender o procesar en el tiempo que tiene para nadar, y la verdadera meta está en lograr armonía como resultado de esa relación entre el organismo y el agua.  (…) En la pileta, el hombre es capaz de invertir la relación de hostilidad con el medio; en aguas abiertas se torna imposible controlar todos los factores, desde el clima, la corriente, el oleaje, el frío del agua, los desvíos, hasta los objetos o la fauna y flora que pudiera aparecer.(…) Y en medio, una batalla mental consigo mismo en la que no se puede ceder un instante. Todo esto es lo que aún continúo entrenando, porque en la vinculación con el agua encuentro a mi cuerpo indefenso, en una relación honesta y humilde con el medio, y siempre me llevo una enseñanza.” (Tomás D’Amico)

“La diferencia entre nadar en una pileta y nadar en el río, el mar, un lago, una laguna es muy grande. Son experiencias totalmente diferentes por más que el cuerpo se esté deslizando, flotando y trasladándose en el agua. De por sí el agua es distinta. El medio no tiene cloro, es salada y con olas en el mar atlántico, es marrón, con corriente y barrosa en el Río Paraná, es gélida e inerte en un lago volcánico, es agua de lluvia y pantano en una laguna pampeana. Hay una sensación distinta que se produce al compartir el agua con animales y plantas. La inmensidad inconmensurable en el mar, la sensación de lo sublime que invade y puede generar miedo, ansiedad, adrenalina. Adrenalina que puede ser paralizante pero se transforma en acción y no produce pánico si se tiene la certeza y la confianza de poder nadar y flotar por muchas horas seguidas.” (Adela Salzmann)

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Si bien la premisas del control y el autodominio, propias del paradigma del cuerpo máquina, están presentes, son algo deseado y, por lo tanto, generan placer. Esto tiene que ver con la “paradoja de la subjetivación” foucaultiana que propone que dentro de las relaciones de poder se da la subordinación pero que la agencia también puede tener lugar; la posibilidad que una norma genere lo contrario a lo que se quiere construir. Es interesante además retomar lo propuesto por Judith Butler cuando sostiene que toda práctica posee una dimensión performativa, por lo cual se da una reiteración a la vez que una modificación de la norma.

9 To swim holding up the hands.

En el libro Aguas, compuesto por cuarenta y un poemas sobre nadadores de aguas abiertas, Alicia Genovese, desde su experiencia subjetiva a través de la poesía (y no desde la experiencia de nadar) tiene una sensibilidad particular:

“Los nadadores de aguas abiertas / hablan del agua, incansables; / la diferencian, la asocian / como si persiguieran / un rastro infinito. / El agua que describen / no es solo agua, entre el pedregullo y las arenas / se carga de sólidos / entre las corrientes / toma la fuerza / de un animal prehistórico. / Más densa, más liviana, / amarga, abrazadóramente cálida. / El agua en la que se sumergen / nunca es la misma, / pero no repiten, / encarnan precarizada / la frase de Heráclito. / Los nadadores testean / cuando respiran tensos / al filo de la hipotermia, / cuando el barro del fondo / enturbia las antiparras, / cuando se dejan ir también, / en un placer amniótico. / Más tersas, más ásperas, / más dulces; / cuando la brazada avanza / descubren. Levantan / esa planicie inestable / buscan cómo sostenerse / o remontar, / igual que en el gran océano / del vivir, / qué objeto servirá / para fijar el rumbo / o qué es el equilibrio / sin apoyo. / En el aliento / la obsesión por el agua. / Los nadadores alzan / oscuras masas de soledad; / emergen entre enormes / intocadas masas líquidas, / siempre al borde / de ser tragados, / siempre en el límite / de lo incompatible. / En una deriva / picada por vientos / entre algas y desechos / de los tiempos modernos / nadar el mar / como se nada lo real. / Abro la puerta de mi casa, / soy la nadadora / que con los brazos vuelve / a un rudimentario atavismo. / Espíritu del agua, / abrime el paso, / mundo de la carne / y de los intercambios humanos / voluptuoso y denso, / cuál es el resquicio: / agua reticente atravieso / agua herida, agua / del primer sí.” (Genovese, A., 2013)

Podemos ver en esta práctica la posibilidad de un empoderamiento, más allá de la reproducción mecánica, lo cual nos lleva a preguntarnos por la posibilidad de ver como un gesto político el hecho de nadar cada año en el Río Paraná, recorrer sus ramificaciones, nadar en el mar o en las lagunas, que se unan las Islas Malvinas, que crucen el Canal de la Mancha, que se aventuren a nadar el los ríos del Amazonas. Habitar aguas contaminadas o que peligran serlo, aguas peligrosas, aguas que estuvieron en guerras, aguas que son objeto de conflictos de soberanía nacional, agua que es un recurso natural no renovable. 

María Inés Mato cuenta: “En el verano de 1995 cuando conocí a mi entrenador, me dijo “nadá como los indígenas”. En ese momento comprendí que tenía que nadar de una manera libre, no pensando en los récords sino en las fuerzas de la naturaleza. Al preparar el proyecto del cruce del Canal de Beagle descubrí la historia de las indígenas yámanas que vivían allí y eran hábiles nadadoras. Recordé esas palabras y comprendí entonces, que gracias a que ellas habían nadado en aguas tan frías, yo podía hacerlo”

El hecho de nadar en un río, de transitar el espacio con el cuerpo, sumergirse en las aguas, es una manera de transformar ese territorio desde el cuerpo, de impactar en los espectadores, muchas veces lugareños, pescadores, habitantes que frecuentan las orillas, el público. ¿Podría concebirse como un reclamo o transformarse en una forma de protesta política?  

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Derivaciones y posibilidades

Lucrecia Martel (Ingrassia, F. (comp.),2013) logró comprender la magnitud de la operatoria mercantil en la producción de sentido y en la composición de los colectivos humanos desde la actividad del remo, mientras remaba por la orillas del Río de la Plata y los canales del Delta y veía las maneras de apropiarse de esos espacios costeros, de cómo el mercado los transforma en terrenos baldíos, espacios problemáticos e indeseados para que se genere el anhelo y la necesidad de privatizarlos. Pero se puede lograr otro tipo de apropiación de un espacio que ha sido librado a la ley del consumo y el mercado, hay que comenzar por transitarlo, sobre todo habitarlo. A través de una práctica como la natación de aguas abiertas se puede dejar al menos una huella en la memoria y en los cuerpos para confrontar y transformar los usos y maneras hegemónicas y dañinas de la dominación del hombre por el hombre y del hombre sobre la naturaleza en las sociedades de mercado.

El agua ha sido y será lugar de disputas, y por lo tanto tuvo y tendrá sus consecuencias traumáticas, ¿será entonces el agua lugar de performances que permitan transformar el trauma en algo transmisible, soportable y políticamente eficaz? Y podemos agregar sobre esto la preocupación que motiva las jornadas que se llevaron adelante en Rosario y se incluyen en el proyecto Estéticas de la dispersión: “¿Cómo orientar las prácticas estéticas (la producción de regímenes de sensibilidad) en un contexto de dispersión, donde cada imagen, cada experiencia, cada enunciado se produce de forma efímera, para ser reemplazado por otro en el encadenamiento incesante y vertiginoso de las dinámicas del consumo?” (Ingrassia, F. (comp.), 2013).

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