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- Viajar y Disfrutar | Nro 8 | 28 septiembre, 2017

Una pasantía en Lanzarote

La primera vez que agarré mis valijas y me subí sola a un avión transatlántico no fue de vacaciones: El ticket de regreso era en exactamente 100 días.

Mi pasión por viajar ya era imposible de ocultar. A los dieciocho años, no me pareció algo fuera de lo común el hecho de no ver por más de tres meses a mi familia, amigos y pareja. Lanzarote me esperaba para mi primer Work and Travel y Londres para vacacionar.

La despedida en Ezeiza dolió. Con un nudo en la garganta, observé las lágrimas formándose en sus ojos, y pasé por la puerta antes de verlas derramarse, junto con las mías. Otros chicos argentinos se iban ese mismo día a las Canarias y decidimos juntarnos para apoyarnos en esta nueva experiencia. Las horas de espera en los aeropuertos de Buenos Aires y Madrid se pasaron rápidamente entre Chancho Va y Escoba de Quince. El vuelo duró toda la noche y yo estaba sentada en la ventanilla al lado de una señora que viajaba para visitar a sus nietos. Esa noche, justo esa noche, hubo una lluvia de estrellas fugaces, las cuales pude ver desde mi asiento.

Mi hotel – ¡y hogar! – se ubicaba en Puerto Calero, un pueblo de gente adinerada, con un shopping de marcas exclusivas, diversos restaurantes y dos hoteles de categoría. El mío era el cinco estrellas junto a la playa, a las afueras del pueblo. Rodeándolo, sólo sierras rojizas y negras, cactus y palmeras de siluetas que nunca había siquiera imaginado y el constante murmullo del mar. Por su belleza y estado natural, Lanzarote fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (ojalá las decenas de volcanes del Parque Nacional Timanfaya sigan inactivos). Los Jameos del Agua, Mirador del Río, Cueva de los Verdes, Playa Papagayo y Laguna Verde, entre otros, dejan sin habla. La influencia de César Manrique y su arte está presente en toda la isla, y la convierte en un lugar mágico.

Al comenzar esta nueva etapa de mi vida en el hotel, el Lobby me dejó impactada. Tras caminar un largo y ancho pasillo con techos de triple altura, el fondo del salón presumía la vista a las paradisíacas piscinas y el mar. Me recibieron con una sonrisa, el Bellboy llevó mi equipaje a mi nueva habitación y la directora de Recursos Humanos me hizo un recorrido por el hotel. Los pasillos, que ningún cliente ve, parecían un laberinto. En ellos, pasamos un grupo de jovencitas: “Bist du die neue Praktikantin?”, preguntó la rubia. Respondió la jefa: “No habla alemán, pero sí. Ella es la nueva becaria” (Becas = Pasantías). Agregó la pelirroja: “Hoy a la noche nos reunimos en la habitación 385, ¡ven a las nueve vestida de fiesta!”.  Accedí y todos seguimos nuestros recorridos. Mi habitación quedaba en la esquina derecha del hotel en el cuarto piso, en el área de los empleados. Era igual a una Standard Doble de cualquier cliente, excepto que no teníamos televisión. Esa noche fui a la habitación, sin maquillaje, con una remera negra y jeans, había venido a trabajar, no a salir de fiesta; entonces no tenía ropa para la ocasión. Me presentaron a todos los becarios, entre ellos yo era la más joven. Estaba la chica rusa de Recepción, la húngara de Administración, la holandesa de AA&BB, la alemana de RRHH, la española de Recreación, el alemán de Eventos, el irlandés de AA&BB, la española del Spa… Ninguno de nosotros tenía nada en común en nuestro pasado, pero hasta entonces nunca me había sentido tan bienvenida en un grupo. Salí a la terraza a charlar con un par y en ese momento, una estrella fugaz trazó el negro cielo con su luz. Ya no lo tomé como coincidencia, sino que decidí interpretarlo como un presagio de buena suerte, y así fue. Con el pasar de los meses, la composición del grupo de becarios fue cambiando. Llegó gente de Hungría, España, Francia, Italia, Lituania, México y Polonia. De muchos países, pero siempre nos comportábamos como la familia que en ese momento eramos.

La segunda semana del viaje debo admitir que extrañaba mi gente de Buenos Aires. Esa semana me pregunté muchas veces: “¿Por qué estoy acá? ¿Qué estoy haciendo? ¿Quién me manda a irme a una islita al lado de África justo para las fiestas?”. Hasta Navidad. Ese fue el turning point de la historia, cuando realmente empecé a preguntarme si alguna vez podría volver a la vida que tuve allá en mi casa en Pilar. Esa noche incluyó una gran mesa, un pavo, diversas ensaladas y guerra de crema batida luego del postre, cantando villancicos en varios idiomas. Año nuevo, fue un brindis junto al bar del Hotel, tragar doce uvas como se pueda al son de las campanadas y bailar hasta el amanecer.

En el trabajo, mis compañeros depositaban su confianza en mí, me permitían manejar dinero y ser una más de Recepción, no como una niña tendiendo su primera experiencia laboral. Al pasar de las semanas, yo era la encargada de mostrarle a los nuevos el modus operandi de nuestro departamento. Tuvimos momentos graciosos, como tener que sacar una lagartija trepada al techo de una habitación a las 11pm. Tuvimos emergencias, como el ataque cardíaco de uno de nuestros huéspedes. Pero sobre todo, aprendí a dar lo mejor de mi en cada situación que se presente.

En el tiempo libre… ¿Qué puedo decir? Hay roadtrips, paseos en barcos y caminatas largas. Hay tardes estando tirados en la playa, tratamientos de spa y películas acompañadas de comida. Hay juegos de cartas al sol, charlas sobre política hasta medianoche y canciones desafinadas a la madrugada. Hay horas esperando el taxi para volver a casa, sobredosis de café la mañana siguiente de salir y ojeras con sonrisas cómplices al entrar a trabajar sin haber dormido.

 

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Recorrimos juntos la isla entera (¡y la isla vecina!). Cada recóndita esquina de esta isla me trae recuerdos de un tiempo que cambió mi vida. ¿Quién sería yo ahora si no me hubiese ido al otro lado del mundo en mi primer año de universidad? Esa chica, que tenía miedo de tomar el tren sola de noche es la joven que ahora trasnocha en aeropuertos. La tímida que no sabía como iniciar conversación es la que ahora se junta con extraños para que le muestren la ciudad e ir a comer algo juntos. La que pensaba que Capital era muy lejos de Pilar, se va a lugares tan recónditos como Moscú, Vilna o Budapest a visitar amigos.

Mirando para atrás, entiendo por qué tanta gente admiró mi valentía: dejé atrás todo lo que alguna vez conocí. Dejé atrás quien fui, por perseguir quien quería ser… Y valió la pena.

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